jueves, 20 de diciembre de 2007
miércoles, 19 de diciembre de 2007
EDITORIAL
Sostenía Pereira, aquel hombre encargado de organizar la página cultural de un pequeño vespertino del Portugal salazarista, que no había lugar para la política en las hojas que él escribía. En el triste cuartucho de la Rua da Fonseca que oficiaba como redacción, Pereira y su incondicional ayudante, Monteiro Rossi, preparaban efemérides, necrológicas y reseñas de grandes autores de la literatura universal. Sin embargo, sostenía Pereira, allí no había lugar para la política.
Por el año 38, en una ciudad y una Europa que apestaban a muerte, Pereira andaba entre limonadas y omelettes a las finas hierbas, vagaba por el Café Orquídea y sudaba al esquivar policías y rebeldes para refugiarse en aquella oficina que olía a frito y donde no cabía más que el ruido de un asmático ventilador. De tranvía en tranvía, caminando por las bellas praças portuguesas, pensaba Pereira en el contenido del Lisboa. Y dudaba, porque en él no había lugar para gente como García Lorca, Marinetti o Maiakovski.
Pero un día, mientras miraba a los transbordadores balancearse por el Tajo y un viento más que cálido inundaba la ciudad, Pereira flaqueó. ¿Y si la literatura no era lo más importante? Si fuera así, su vida no tendría sentido, le dijo al médico que vigilaba su cardiopatía. Esta vacilación fue la que llevó a Pereira a conocer una teoría innovadora que cuestionaba la indivisibilidad del alma y que sostenía que las personas estaban compuestas por distintas personalidades, por distintos yo que se iban alternando. La cara que muestra una persona es, según esa teoría, el yo predominante que triunfa en una lucha interna. Semejante revelación, hizo que Pereira perdiera el sueño tratando de decidir, entonces, qué hacer con su suplemento.
Si se piensa en Portugal y en esta teoría de los distintos yo, rápidamente puede trazarse un paralelo con el gran poeta lusitano del siglo XX. Quizás entonces, Fernando Pessoa construía alter egos para hablar a través de ellos y así dar lugar a cada una de las distintas personalidades que se escondían detrás de un yo predominante.
Muy lejos de la Europa de preguerra se lo oye hoy a Antonio Tabucchi disertar sobre el pragmático valor de la cultura, la escritura y la palabra. Sostiene Tabucchi que “el arte no puede frenar las bombas”, que “no es tarea de la literatura tranquilizar al mundo o resolver guerras y masacres”. (buscar Ñ)
Y esto sorprende, porque parece haber superado Pereira a su propio creador. Al menos en la duda, el editor del Lisboa pensaba que quizás si era tarea de la literatura y del arte en general ayudar a detener las bombas y los cañones. Y si no podía detenerlos al menos podía denunciarlos. Por demás es lo que ha hecho siempre. Quizás no a través de los versos de Góngora o la prosa de Agatha Christie. Pero sí desde ese yo predominante que adquirieron figuras como Camus, Sartre y Carpentier por poner sólo algunos ejemplos y sin importar, aunque concuerden en gran medida, sus ideologías. Es la literatura, y siempre lo ha sido, un lugar de denuncia, un lugar de reflejo de las relaciones sociales, un marcador de momentos críticos y de situaciones candentes. Algunas veces fueron las vanguardias, difíciles de entender, las que advirtieron sobre el curso de la historia. Y otras veces fueron intelectuales, periodistas y literatos quienes decidieron, en una lucha interna de sus yo, que la participación podía ser más importante que la obra personal.
A miles de kilómetros de Portugal, con calles en las que ya no abundan tranvías ni rebeldes pero que están asediadas por el mismo calor y las mismas dudas, en Buenos Aires nace un nuevo Lisboa. Algunos de sus objetivos, sostenemos, se asemejan a los que buscaba Pereira. Otros no. Mucho más allá de ellos, simplemente esperamos que estas páginas pasen por numerosos lectores y, ansiosos, anhelamos que las lean, que las critiquen y, por sobre todo, que las disfruten.
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